Un pequeño lugar del mundo

Tirando la caña desde la orilla, vinieron a visitarme los recuerdos. Desde lo alto de la rama de aquel chopo nos tirábamos al agua. Allí le picó un avispón a Alberto en el brazo. Allí hacíamos fuego Álvaro y yo con ramitas secas que encontrábamos. En aquella roca sumergida, a veces, se escondían enormes barbos de lomo negro y vientre de oro que nosotros perseguíamos con torpeza. El sol de agosto filtrándose entre las hojas de chopos y alisos, esa brisa ligera perfumada; el canto de infinidad de pájaros invisibles; el veloz martín pescador, la oropéndola, el rabilargo, una abubilla, a lo lejos, mientras andamos el camino seco y polvoriento que llevaba al río; la casa del manco; mis abuelos echando la partida con sus vecinos; mi padre volviendo del trabajo con el maletero lleno de sandías y calabacines, tocando el claxon para que fuéramos a ayudarle; mi madre, como siempre, con alguna tarea entre manos: pintando una silla, haciendo la comida, arreglando el jardín, tendiendo la ropa…; los insectos molestando alrededor de la luz mientras cenábamos, y antes de la luz eléctrica, del campingás, las noches estrelladas, el fin del verano y sus momentos de melancolía y encogimiento, una trucha gigante en mitad de la corriente o escondida entre las raíces de los chopos que no espera ser descubierta; los camiones cargados de cerezas; ir con mi padre y mis hermanos a por agua a la fuente; aquel charco por debajo del puente del Rebollar; la fuente junto a la casa que dejó de dar agua; las margaritas; Juanjo, Mario, Jesús y, también, Francisco, Carlos, y, unos años antes, Javi; los dos robles detrás de la casa que acabaron muriendo.

De un modo u otro, haga lo que haga, esté donde esté, siempre estoy, un poco al menos, allí, preso de unos recuerdos que no quieren soltarme; media vida.


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