"El día que estés muerto sabrás cuánto te quieren"

Leo tantos panegíricos que no puedo evitar pensar eso de “el día que estés muerto sabrás cuánto te quieren”, que dice el poeta Francisco M. Ortega Palomares.

Se ha muerto un hombre; se suceden las celebraciones póstumas, los reconocimientos, el posado fotográfico en la capilla ardiente y en breve se editarán hagiografías. Porque cuando mueren los buenos no faltan quienes quieran figurar en las exequias, firmar en el libro de condolencias y fotografiarse con el hijo del finado.

Poco importa que al hombre en realidad se le dejase ahí arrumbado en una esquina; despreciado por unos y machacado sin piedad por otros. Los mismos que le llamaron tahúr hoy besan su cadáver. Fue devorado por su propio partido político, asediado por las nuevas oligarquías en construcción y desechado como un juguete roto por el monarca. Y eso que se inmoló en ese proceso de destrucción de la maquinaria anterior, como se inmoló Carrillo en el PCE, o como le sucediera a Gorbachov en la URSS con la Perestroika.

Dicen, por entrar en lo anecdótico,  que devoraba películas hasta las tantas de la madrugada cuando todos dormían. Que bebía infinidad de cafés, que fumaba muchísimo. Que la pantalla lo adoraba y que tenía en sus intervenciones un cierto talento cinematográfico innato. Que la distancia corta era su terreno. Que en dos años tuvo el valor suficiente para removerlo todo. Tal vez todo resultase al final como esa máxima de El Gatopardo; "hay que cambiarlo todo para que nada cambie"

Hoy, resentidos y resabiados al comprobar que aquello que denominaron "La Transición" tuvo muchas más sombras que luces, muchos simplemente despreciarán su figura sin detenerse ni un momento a analizar su posible valía. Somos así. 

Yo  me quedo con la semblanza recogida en "Anatomía de un instante" de Javier Cercas.

Y me reitero; “el día que estés muerto sabrás cuánto te quieren”. Descanse en paz.



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