Volar el Valle de los Caídos

Entre 1989 y 1991 estuve interno en un colegio en Collado-Villalba. Desde la ventana de mi habitación se divisaba el paisaje verde oscuro, salpicado de ásperos y grisáceos roquedos graníticos, del valle de Cuelgamuros, enclavado en la fría sierra de Guadarrama. Destacaba en este entorno la descomunal cruz de 150 metros, iluminada unas veces y otras oculta por las nieblas, creo recordar. Ésta constituía, muchas de esas noches, mi última visión antes de ir a dormir. A mí se me encogía un poco el corazón. Extrañaba mucho a los míos, sobre todo por las noches, y con mi nulo sentido de la orientación siempre pensaba que mi familia estaba al otro lado de aquellas montañas. No era así, al otro lado estaba Castilla y León, no Extremadura, que estaba más al sur, pero yo me había metido aquella idea en la cabeza.



La Cruz no significaba nada para mí, pensaba que era un monumento como tantos otros.
Aunque el colegio, que era religioso, organizaba excursiones muchos fines de semana para recorrer la sierra y visitar el entorno, como Cercedilla, El Escorial, la Bola del Mundo... nunca se organizó ninguna visita a aquella basílica. No reparé en ello hasta pasados muchos años. Sin embargo, sí recuerdo haber ido a visitarla algún sábado o domingo con mis padres. No comprendí muy bien de qué se trataba aquello, pero sí tengo en la memoria experimentar un cierto encogimiento ante las imponentes esculturas de los cuatro evangelistas con los animales que los simbolizaban también representados. En la basílica estaban las tumbas de Franco y de José Antonio Primo de Rivera, había flores frescas depositadas con cuidado sobre las lápidas. 

Como tantos niños y niñas de mi generación, crecí ignorando quiénes habían sido estas personas, porque no eran temas de conversación en las casas y parecía que hubiera un cierto pacto no escrito en los colegios para nunca llegar a cierta parte del libro cuando cuando estudiábamos Historia. 

Hoy he recordado todo esto porque parece que por fin van a sacar la momia del dictador Francisco Franco del mausoleo que decidió construirse para sí mismo. Un monumento que, pese al discurso inaugural que pronunció el dictador en 1959, dista de ser un homenaje a los caídos o de ser un monumento a la reconciliación. Este espacio nunca podrá ser un monumento a la reconciliación porque fue levantado por esclavos, por los cautivos del fascismo vencedor. Para muchos de estos esclavos este monumento fue también su túmulo, porque fueron frecuentes, prácticamente diarios, los accidentes graves que acababan en muerte. Trabajos forzosos y donaciones de los beneficiados y afines al régimen, cimentaron su construcción. El monumento posee esa grandiosidad de las construcciones del fascismo italiano y el nazismo alemán, que te hacen sentir minúsculo y sellaba el triunfo de la "Gloriosa Cruzada" en el imaginario colectivo. 

Aunque hoy saquen de ahí a la momia del dictador, Franco sigue viviendo en las instituciones, en las empresas que se beneficiaron de ser afines al régimen, vive en las cunetas de los pueblos de España repletas de muertos, vive en unas supuestas tradiciones que impusieron a marchamartillo, vive en las desigualdades de género que persisten por la implantación de su modelo patriarcal inspirado en el nazismo alemán y el nacionalcatolicismo, vive y colea en la mente de muchos de los políticos que hoy gobiernan ayuntamientos, regiones, comunidades y en la de muchos que compiten por la presidencia de la nación. De ahí es de donde hay que sacar a Franco. Y si no, piénsenlo un segundo, cómo se explican tantos recelos con este tema, tantas cautelas. Cómo es posible que haya gente que piense que estas cosas es mejor no moverlas. Es como si fuéramos a Berlín y hubiese en Friedrichstrasse una estatua de Hitler, Goering y Goebbels, o una cruz gamada de proporciones gigantescas. Impensable, ¿verdad? 

Sacan a la momia, se la llevan sus ricos, sus adinerados y famosos descendientes, a donde tengan a bien, a alguno de sus palacetes o muchos terrenos diseminados por la geografía española. Hoy ellos son el centro de atención. Este gesto institucional es un paso, qué duda cabe, pero es insuficiente. Cuántas familias de España no habrán llorado durante décadas a sus padres y madres, a sus hermanos y hermanas, a sus abuelos y abuelas, perdidos y perdidas por esas cunetas que en primavera cubren las amapolas, olvidados del tiempo, con la dignidad intacta, pero sin paz, ni descanso para quienes tanto tiempo les esperaron. Pienso en todas esas familias, a las que les dijeron durante tanto tiempo que esos familiares a los que buscaban habían sido unos criminales que algo harían y que bien merecido se tenían estar sin sepultura. 

No hay un destino aceptable desde un punto de vista democrático para la Cruz de los Caídos que no pase por su demolición, por su voladura, como bien apuntaba el gran historiador Santos Juliá, fallecido ayer. Tal vez sólo haya que esperar otros cuarenta y tantos años para verlo, cuando ya sea algo vacío de significado y ayude al candidato de turno a ganar unas elecciones.

Comentarios

  1. Lo único que siento, es que estuvieras separado de mi ese tiempo y nos hecharon de menos, lo sentiré mientras viva, te quiero mucho

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    1. Nos echábamos de menos. Pero no te creas que lo escribo con pesar, allí aprendí muchas cosas, me divertí, guardo recuerdo de lo bueno y aprendí pronto qué era lo que más me importaba

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