Longview
La bala atravesó limpiamente el hueso occipital y dibujó a su paso una circunferencia perfecta. El objetivo no se enteró, siempre ocurría lo mismo. Todo sucedía en milésimas de segundo, apenas una breve punzada heladora que precedía al fundido a negro infinito y eterno. Era rutina acostumbrada; echar el último vistazo a la mirilla, notar la mínima explosión del percutor golpeando la bala ensordecida por el silenciador tras apretar el gatillo y, finalmente, observar el desplome del cuerpo inerte contra el suelo. Tan sencillo y rápido, como indoloro para la víctima, que quizá hubiera merecido morir de forma bastante más horrible y lenta, pero ya era tarde para eso.
Sólo había que apostarse y esperar el momento preciso. Lo complicado era la espera, que muchas veces traía fantasmas del pasado. Aquellos episodios estaban agazapados en cualquier esquina de la memoria con un cuchillo entre los dientes esperando la mínima debilidad para sorprenderle y destrozarle.
Pero esos rumores desaparecían cuando su víctima besaba el suelo. En cierto modo, era un trabajo terapéutico. Mataba gente, pero es que aquellos hijos de perra no merecían vivir. Y era una leyenda, una especie de héroe en el mundo de los asesinos a sueldo, podría decirse que aquello era lo que le daba esperanzas para levantarse cada maldito día; diseñar una estrategia, ejecutar el plan con la eficiencia de un soldado de la wehrmacht y desaparecer sin dejar el mínimo rastro. Además, él tenía la suerte que no tenían otros compañeros, podía elegir sus objetivos previamente de un dossier que le entregaban y se centraba en aquellos que se tenían bien merecido morir para ejercer de demiurgo letal, de verdugo, sin remordimientos.
Él detestaba la violencia y en una época, ya pasada, supo amar la vida, amar a otras personas y también a sí mismo. Pero todos esos buenos sentimientos eran apenas flores secas encima de una tumba sin nombre. Allí se llegaba por un camino oculto por zarzas tupidas y lacerantes, por sendas torcidas, siguiendo la trayectoria de un dolor más allá de lo soportable.
Mientras desmontaba el rifle y colocaba cuidadosamente cada pieza en el maletín metálico, escuchaba el ulular de las sirenas a lo lejos. El presidente, mientras tanto, yacía bocabajo con los ojos bien abiertos, incrédulo ante lo que acababa de suceder.
Él detestaba la violencia y en una época, ya pasada, supo amar la vida, amar a otras personas y también a sí mismo. Pero todos esos buenos sentimientos eran apenas flores secas encima de una tumba sin nombre. Allí se llegaba por un camino oculto por zarzas tupidas y lacerantes, por sendas torcidas, siguiendo la trayectoria de un dolor más allá de lo soportable.
Mientras desmontaba el rifle y colocaba cuidadosamente cada pieza en el maletín metálico, escuchaba el ulular de las sirenas a lo lejos. El presidente, mientras tanto, yacía bocabajo con los ojos bien abiertos, incrédulo ante lo que acababa de suceder.

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