Nos vemos en Stockton

"¿Dónde estás, fantasmón?", decía con aquella atronadora voz capaz de derribar paredes. Él me llamaba fantasmón con cariño, aunque a mí, que siempre he sido muy orgulloso, me molestaba un poco. Pero él me lo decía bien, porque yo, aunque era inocente para muchas cosas, no lo era tanto para escaquearme de las tareas menos gratas. Sabía volverme invisible a veces, como aquellos indios del Amazonas que salían en La Selva Esmeralda, que se untaban un polvillo verde de arcilla y esmeralda que, según creían ellos, les hacía invisibles al resto de los humanos.

El Hermano Amancio nos daba Lengua e Historia en aquel internado en el que estuve tres años. Era un hombre fuera de su tiempo, quizás tendría que haber nacido veinte años antes. Tenía un físico que a mis ojos de niño intimidaba un poco, algo en su constitución me recordaba a una gran roca, a un cancho en mitad de la dehesa. Las personas de las congregaciones religiosas siempre son muy discretas en el vestir, quiero decir aquellas personas que no están obligadas a llevar hábitos, y si cierro los ojos puedo recordar perfectamente el atuendo del hermano Amancio, que podía componerse de un pantalón de tergal gris, negro o azul marino, camisa de manga corta, zapatos de esos con agujeros que suelen llevar los hombres mayores en los pueblos y gafas negras de pasta. Era un hombre íntegro, bastante piadoso, prudente y un deportista entusiasta que jugaba fenomenal al frontón, no recuerdo haberle visto perder ni un solo partido. Yo lo veía algo alejado de los otros Hermanos, que eran más jóvenes y aparentemente más modernos. Él seguía anclado en la vieja pedagogía memorística y seguro que aún pensaba aquello de "la letra con sangre entre", aunque, a mi entender, enseñaba muy bien. Ponía tanto énfasis en la importancia de una buena caligrafía y en la ausencia de faltas ortográficas que hasta hizo un concurso que, modestia aparte, gané, obteniendo de preciado galardón un pequeño Vía Crucis de bolsillo que todavía conservo.

Siempre he sospechado que el Hermano Amancio quería que yo ganase ese concurso. En clase había otro alumno más brillante, todo se le daba bien y sin aparente esfuerzo, encima era de los que se llevaba bien con toda la gente guay del cole, mientras que yo era algo más conflictivo y retraído. Yo reconozco que estudiaba y me esforzaba, eso sí, que me apliqué con el tema de la caligrafía, pero el cuadernillo de caligrafía del otro alumno me parecía mejor y su letra con más personalidad que la mía. Pero, por alguna extraña razón, a mí el Hermano Amancio me puntuaba mejor.

La pedadogía del Hermano Amancio incluía un pequeño artilugio de madera para indicar que la respuesta que le dabas a lo que él preguntaba era correcta, o estaba mal, "la chasca" le llamaban. Era una especie de maraca con un palo sujeto en forma de pinza. Al pulsar el palito golpeaba con el otro trozo de madera y emitía un sonido. ¡Tac!, un toque significaba que estaba bien la respuesta. ¡Tac!, ¡tac!, dos toques era que estaba mal la cosa, error. Qué fácil, qué dicotomía perfecta, qué poco margen dejaba eso a la interpretación o al matiz. "Qué horror", pensará mucha gente, seguramente con razón. Bueno, eran otros tiempos.

En el internado el 90% de las tareas de mantenimiento de las distintas partes del recinto, así como fregar los cacharros o limpiar las habitaciones, eran tareas diarias a las que se destinaba un tiempo concreto y que se repartían entre todos, alumnos y Hermanos. Se elaboraba un calendario trimestral en el que te asignaban un "empleo" para ese trimestre. Algunas se hacían entre dos o tres alumnos, por ejemplo: la limpieza de pasillos, los baños exteriores, las pistas deportivas... Pero había otras que eran más laboriosas y se hacían equipos de varios alumnos con uno de los Hermanos como coordinador. El Hermano Amancio me escogía entre sus equipos, aunque sabía mi tendencia a escaquearme. Él no me reñía, sólo me llamaba. "Eh, fantasmón, que faltan esas habitaciones del albergue". Y luego se reía. Pero si alguien se había olvidado algo en el albergue (cosillas sin valor, como unas tijeras, un neceser, un cuaderno...), él siempre me lo daba mí. 

Recuerdo bien aquel día que nos puso unas diapositivas antiquísimas de esculturas del antiguo Egipto. "Mirad, este es el busto policromado de la reina Nefertiti y éste de aquí es el famoso Escriba sentado", nos decía. Si algo me gusta la literatura y la historia antigua es también un poco culpa suya, de este hombre que quizá hizo un poco de figura paterna en aquel lugar que se me antojaba tan distante de los míos. 

Hace unos años volví al colegio. Tenía ganas de regresar y ver si estaban las cosas tal y como yo las recordaba o imaginaba (que muchas veces ambas cosas se solapan, dudad siempre de vuestra memoria). Sí, estaba todo igual, quizá algo más desangelado al no haber ya alumnos internos. El inmenso edificio de piedra granítica y techo de pizarra lo encontré falto de vida y de alegría. Pero me recordé jugando por las buhardillas, buscando ropa para disfrazarnos para nuestras obras de teatro. Recordé la planta baja, donde teníamos el taller de manualidades, las taquillas donde guardábamos las raquetas y zapatillas de deporte, la sala donde sacábamos la miel de las celdas de cera de las abejas que luego comíamos los domingos en el desayuno... Muchos recuerdos. Paseando por el recinto unos Hermanos que no conocía salieron a mi encuentro. Les expliqué que era un antiguo alumno, les conté un poco de mi vida y les pregunté por el Hermano Amancio. "Sí, aún vive, está en la casa de ejercicios espirituales de L.M.", me dijeron, y sentí alegría. 

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