Una casa en el fin del mundo
Me pasé muchos años quejándome de esa vida, un poco nómada, que por causa del trabajo de mi padre tuvimos que llevar. "Nunca puedo echar raíces en ningún sitio, mamá", le decía, "así no puedo hacer amigos duraderos en ninguna parte", "mi casa es el Valle", le decía otras. Así lo sentía. Si todavía puedo emocionarme imaginándome yendo con Álvaro por donde "el manco", los dos asados de calor, negros como tizones, con nuestros tridentes y nuestras gafas de bucear, preparados para buscar peces. ¿Y la casa del Valle? Algunas noches todavía sueño con ella, sueño que estamos por allí, bañándonos en la piscina, subidos a la higuera, jugando al fútbol en el césped con mi padre quejándose, bajando a la garganta a arreglar el motor del agua, saliendo a toda pastilla mi madre con Álvaro cuando se pilló el dedo con la puerta, con mi madre arreglando la casa, pintando, restaurando... recuerdo subir a la azotea con las tumbonas cuando sólo éramos cuatro y quedarnos absortos mirando el cielo de agosto completamente estrellado, todavía me parece escuchar el claxon del R21 cuando mi padre volvía del trabajo, a veces con el maletero repleto de sandías enormes, tomates y pimientos, si cierro los ojos veo a Alberto con dos o tres años en pelotillas toreando a Pitu, la gata más buena del mundo. Pero aquello pasó, fue sólo una época de la vida.
He aprendido a sentir las cosas de otro modo y he descubierto que lo importante no era el sitio, no era la casa, ni era el Valle, ni era nada de todo eso. Aquello era sólo el escenario donde estuvimos todos aquellos que habitan en mi corazón, esa es la verdadera casa, lo que está dentro del corazón. Igual que con los amigos, los verdaderos, tampoco necesitas que estén conviviendo contigo, ni necesitas verlos a diario, incluso puedes pasar años sin verles, pero el día que los encuentras te parten en dos de un abrazo y bastan unas sonrisas y cuatro palabras para saber que no ha pasado ningún tiempo, que todo sigue intacto, tal y como lo dejaste. Los amigos buenos, como la familia, también son tu hogar.
Si cambian los escenarios, que cambien, nada importa, no me voy a agarrar a ellos. Si la felicidad, en definitiva, no te la da una casa, ni un coche, ni ninguna cosa material, ni mucho menos productiva. Lo importante es que nos sigamos reuniendo los mismos actores, sea donde sea, sea como sea, durante muchos, muchísimos años. Un lugar se vuelve importante para ti en la medida que compartes ese espacio con quien tú quieres y sirve como excusa y escenario para el encuentro, nada más.

Comentarios
Publicar un comentario
Comentarios, propuestas, ideas, sugerencias... bienvenidas serán