Fernando
"Me dejaron de herencia mis pares
además de la luna y sol
una bata cuajá de lunares
que conmigo el mundo recorrió,
un borrico y un par de panderos,
muchas ganas de no hacer ná,
y talento, pupila y salero
pa poder esta vida arrastrar"
(Perelló, Cantabrana y Mostazo.- Herencia Gitana)
Apenas conservo recuerdos de la primera vez que estuve en esa ciudad, era muy pequeño. Sólo recuerdo fragmentos dispersos; una garita pintada de rojo y blanco donde se ponía el guardia urbano, el empedrado de las calles y, sobre todas las cosas, justo al entrar en la ciudad, los campamentos de los gitanos nómadas a la orilla del río.
Tenían manadas de caballos, burros y mulas pastando la hierba verde y fresca de la ribera. Había una lumbre perenne, como un fuego ritual, y sobre las brasas, peroles con sus avíos. Algunos gitanos acicalaban a las bestias usando las tijeras y otras herramientas con maestría, dejándolas a todas con las crines perfectas, tan bien cuidadas que refulgían al sol. Muchas mujeres gitanas iban de negro y otras vestidas con llamativos colores. Casi todas, pero especialmente las más jóvenes, iban cargadas con sus churumbeles. Eran las mujeres las que solían ir pidiendo por las calles con la gracia que llevan en la sangre "anda, marqués, ¡dame un duro!" "Anda, prenda, ven que te lea la buenaventura". Los hombres no hacían estas cosas porque según un ancestral código cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, es una deshonra que un caballero gitano tienda su mano para pedir. Por lo que supe ya de mayor, los gitanos llevaban siglos acampando allí, al pie de esa ciudad. La ciudad amurallada había sido muy próspera en la época de la Reconquista, pero tras expulsar a los moriscos y, sobre todo, a los judíos, había entrado en una decadencia inexorable. La gente de la ciudad intramuros, en parte descendiente de la hidalguía, siempre sintió muy pocas simpatías por los gitanos nómadas. Si alguna vez había un robo, o desaparecía un niño, o tenía lugar cualquier suceso extraño, la culpa era invariablemente de los gitanos que acampaban al pie del río.
A mí me fascinaban. Supongo que me recordaban a los indios de las películas del oeste, que siempre identifiqué con los buenos.
En un momento que no sabría concretar todo aquello fue prohibido. El nomadismo se persiguió y las instituciones hicieron todo lo posible por desmantelar todos los campamentos. Las familias gitanas, las de quinquis y las de otros grupos las repartieron entre los nuevos bloques de viviendas de protección oficial que se habían construido en otra parte bastante alejada de la ciudad, para mayor tranquilidad de la gente bien, que querían que esas personas viviesen encerradas entre cuatro paredes de ladrillo como ellos, pero lejos. Muchos años después, por circunstancias de la vida, me tocó transitar a diario por todos esos nuevos barrios de la ciudad que habían quedado en el extrarradio. Allí conocí al señor Fernando.
Yo entonces era vendedor a domicilio de la Gran Enciclopedia Universal y él era uno de mis primeros y mejores clientes. Aprendí rápido que sólo la gente más humilde nos abría sus casas para comprar aquella enciclopedia barata, de calidad dudosa, algo obsoleta, pero que podía pagarse en cómodos plazos mensuales. Por este motivo, los días 5 de cada mes, a excepción de los festivos, Fernando recibía mi puntual visita para liquidar el recibo y ya de paso intercambiar unos párrafos. Nunca había excusas, siempre tenía el dinero justo preparado y nunca me dejaba marchar antes de que hubiera tomado un café con él.
Fernando no era gitano, ni tampoco quinqui, aunque había convivido entre ellos como uno más. Él había sido un simple buscavidas sin pedigrí ni tribu, un arquetipo de pobre honrado, acostumbrado a no tener residencia fija. Uno de tantos que sobreviven, más bien malviven, trampeando a la vida con los trabajos más precarios del mundo, de esos que apenas cotizas, incluso de aquellos en los que no cotizas nada, pero alejados del ser amigo de lo ajeno y de cosas peores. Empezó a trabajar a los siete años por las fincas de la provincia después de la guerra, que se llevó a sus padres. Había sido pastor de cabras, había sido 'afilaor' por los pueblos, aprendió de unos mercheros el arte de arreglar los pucheros y otro tiempo vivió de aquel oficio también itinerante. Conoció a la que sería su mujer un mes de noviembre, en la recogida de la aceituna y desde entonces nunca se separaron hasta el día en que ella falleció.
Fernando era achaparrado, cargado de hombros, tenía el cabello crespo y abundante, completamente blanco y sin ningún interés en disimularlo, la nariz aguileña, la mirada también de rapaz, pícara, viva y brillante, tenía el mentón prominente como un mascarón de proa, el rostro moreno, curtido por los diez mil días a la intemperie, mal afeitado, casi siempre vestía una camisa verde de cuadros llena de lamparones con los botones superiores desabrochados. Pese a haber llevado esa vida tan dura, se había movido mucho y representaba menos edad de la que en realidad tenía.
Fernando era achaparrado, cargado de hombros, tenía el cabello crespo y abundante, completamente blanco y sin ningún interés en disimularlo, la nariz aguileña, la mirada también de rapaz, pícara, viva y brillante, tenía el mentón prominente como un mascarón de proa, el rostro moreno, curtido por los diez mil días a la intemperie, mal afeitado, casi siempre vestía una camisa verde de cuadros llena de lamparones con los botones superiores desabrochados. Pese a haber llevado esa vida tan dura, se había movido mucho y representaba menos edad de la que en realidad tenía.
A los edificios de viviendas sociales les ocurría justo lo contrario que a Fernando, no tenían tantos años , pero parecían los edificios que salen a veces en los telediarios cuando nos ponen imágenes de ciudades en guerra. Allí no funcionaba ni una sola bombilla de las escaleras, de hecho no había bombillas, los casquillos colgaban del techo como medusas inertes resecas, interruptores tampoco quedaban más que el hueco del sitio en el que debieran estar, tampoco hacían falta, habían arrancado la madera de los pasamanos de los tres pisos para hacer hogueras, en las paredes no quedaba un sitio por manchar y no era infrecuente encontrar mierdas de perro, secas o recientes, por los descansillos, o jeringuillas y gomas usadas, o bolsas de basura, o pañales, o compresas... Por apartarse del vandalismo, Fernando había convertido su piso en el tercero en una auténtica morada prisión en la que para poder entrar era necesario abrir un enrejado puesto en el descansillo, con tres candados que mantenía alejados a los visitantes inoportunos.
La misérrima pensión que le había quedado a Fernando después de estar trabajando toda la vida todavía podría haberle alcanzado para vivir, porque el alquiler de las viviendas sociales costaba un euro al mes, pero desde que su nieta y su hija, en paro y divorciada de un tipo que le había dado mala vida, habían vuelto a casa, eran dos bocas más que había que alimentar, por eso no vaciló en aceptar un encargo extraordinariamente mal remunerado y carente de la seguridad más elemental. Así, a sus setenta y pico bien llevados, media hora antes de que dieran las ocho de la tarde, enfilaba sus pasos con dirección a la obra, mientras iba canturreando por el camino. Estaban construyendo una urbanización de alto copete; un complejo de lujosas casas para gente acomodada, con sus pistas de tenis, sus inmensas zonas ajardinadas, varias piscinas con cascadas y trampolines... Todas esas cosas que necesitan las familias de ensueño. El lugar del emplazamiento de la futura urbanización era el mismo del que décadas atrás habían expulsado a los gitanos nómadas, muy cerca de la ribera, con unas "vistas espléndidas a la naturaleza", según rezaba el inmenso cartel a la entrada del recinto vallado.
A él le había contratado un esbirro a sueldo del constructor, uno que se encargaba de estos apaños. El trabajo era vigilar aquellas obras desde las ocho de la tarde hasta las siete de la mañana, que era cuando llegaban los albañiles. Ya les habían dado más de un palo por las noches y se habían llevado ladrillos, cajas de azulejos, sacos de cemento, cableado... todo aquello que podía venderse bien, en resumen. Al esbirro le había dado su jefe cien euros para que contratase seguridad, pero él era un tipo vivo, de esos que conocen a mucha gente y saben dónde encontrar a un desgraciado que haga las cosas sin que él tenga que dar un palo al agua. 90 para él y 10 para el viejo infeliz. Negocio redondo.
A él le había contratado un esbirro a sueldo del constructor, uno que se encargaba de estos apaños. El trabajo era vigilar aquellas obras desde las ocho de la tarde hasta las siete de la mañana, que era cuando llegaban los albañiles. Ya les habían dado más de un palo por las noches y se habían llevado ladrillos, cajas de azulejos, sacos de cemento, cableado... todo aquello que podía venderse bien, en resumen. Al esbirro le había dado su jefe cien euros para que contratase seguridad, pero él era un tipo vivo, de esos que conocen a mucha gente y saben dónde encontrar a un desgraciado que haga las cosas sin que él tenga que dar un palo al agua. 90 para él y 10 para el viejo infeliz. Negocio redondo.
Diez euros diarios en negro. Por esos diez euros Fernando pasaba la noche en una garita incómoda situada en el interior del recinto, muy mal acondicionada, desde la que podía controlar si quería pasar alguien. Con la única protección de su bastón, una especie de garrota de la que al desenroscar la empuñadura podía extraerse un bonito y eficaz estoque de acero con el que meter en cintura a los indeseables y la compañía de un transistor de bolsillo a pilas, pasaba cada madrugada hasta que llegaban los albañiles por la mañana para comenzar la jornada.
Yo se lo advertía todos los meses cuando iba a visitarle, "Fernando, si ve usted jaleo o cosas raras, no se haga el valiente, por favor, que esta gente no le tienen a usted ni asegurado ni nada, que no le han puesto ni una alarma" "Pero, hijo, es que si me aseguran pierdo la paga y si ponen una alarma, ¿para qué me necesitan entonces a mí? Pero con estos diez eurinos dan casi para la comida de los tres, y con eso y la pensión a veces hasta saco para comprar algún caprichillo a la nieta, ¿no sabes? Tú tranquilo, hijo", me decía, y señalando su bastón-estoque con el dedo, " tengo ahí la Tizona, la espada del Cid, don Rodrigo Díaz de Vivar. Lo he leído el otro día en el tomo tres de la enciclopedia y he bautizado igual a la mía, je je je"
Como cada mañana, a eso de las siete y media, antes de salir a vender la enciclopedia y a cobrar los recibos, fui a desayunar al bar de Antonio. Me dio por ojear el periódico regional que acaba de traer el muchacho del kiosko de la plaza. Una gran foto a todo color de unos futbolistas que lloraban abrazados ocupaba tres cuartas partes de la portada. La Selección de fútbol había perdido contra Irán. Diez páginas diseccionaban la desgracia, algo que los cronistas sólo estimaban comparable al desastre de Trafalgar o a la pérdida de Cuba y las Filipinas, otras diez páginas recogían las críticas y soluciones propuestas por lo más granado de los exégetas del fútbol del país. Pasé de largo rápido. En la sección local, en un recuadro de sucesos, me llamó la atención un pequeño titular al que acompañaba una también pequeña fotografía en blanco y negro. "Albañiles encuentran el cuerpo sin vida de un hombre de 74 años" no me atrevía a leer más, me temblaba el periódico en las manos y se me estaba revolviendo todo por dentro "El cuerpo sin vida de F.S.M., jubilado, de 74 años de edad, fue encontrado la madrugada del pasado lunes por unos obreros de la construcción que se dirigían a sus puestos de trabajo en el recinto en el que Estructuras Habitacionales S.A. construye una urbanización de viviendas de lujo junto a la ribera de (...) El cuerpo mostraba evidentes signos de violencia. En declaraciones para este medio, uno de los responsables de la empresa ha negado cualquier vinculación con el fallecido y ha señalado que a lo largo de los últimos meses habían avisado a los agentes de la autoridad de los frecuentes asaltos nocturnos al recinto por parte de personas drogodependientes, así como robos de materiales de construcción que..." Doblé el periódico, lo dejé en la mesa, pagué mi café y marché sin rumbo fijo. Creo que pasé todo el día dando vueltas con el coche por la ciudad hasta que me dieron las cuatro o las cinco de la madrugada. Aparqué en una calle oscura y dormí hasta que el sol empezó a molestarme.
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Por unos días no coincidieron el fin de las obras de la urbanización con el aniversario de la muerte de Fernando. Desde que me enteré de su asesinato había sido incapaz de seguir con mi anterior trabajo. Llevaba ya unos once meses trapicheando llevando de acá para allá todo tipo de drogas; hachís, anfetas, cocaína... lo que me resultase más rentable en ese momento, yo no rechazaba ningún trabajo. Tenía buenos contactos y estaba ganando mucho dinero. Ninguno de mis allegados tenía conocimiento de mis actividades delictivas, fingía seguir siendo vendedor de enciclopedias y siempre llevaba varias en el coche, así eliminaba las sospechas sobre mis continuas idas y venidas. Encontré a las personas adecuadas, no escatimé ni un euro, me gasté todo lo que había ganado durante meses para contratar sólo a los más competentes del ramo.
Esta vez no fue una pequeña noticia en la sección de sucesos locales. Salió en todas las televisiones, hasta en algunas extranjeras. Dinamitar un complejo residencial de viviendas de lujo justo la noche anterior a su inauguración y que no quede en pie piedra sobre piedra, no era para menos. No murió nadie, de eso me aseguré a conciencia, pero la constructora perdió muchos millones.
La investigación sobre los hechos congregó en la ciudad a lo más selecto del gremio policial. Era cuestión de tiempo que terminasen sabiéndolo. Y lo supieron. Y me encontraron.
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Algunas noches, en la soledad de la celda, cuando ya está todo casi en silencio, imagino que regresan los gitanos. No vienen solos, les acompañan cherokees, cheyenes, sioux, apaches, comanches, hombres pájaro del Amazonas, zulús, hombres y mujeres del pueblo esmeralda y de todas las tribus desaparecidas del mundo. Todos llegan en inmensas manadas a la ribera, levantando al paso de sus carretas y caballos polvaredas gigantes como colosos que pueden divisarse a muchos, muchísimos kilómetros de distancia.


Me ha gustado, al menos vengaron a Fernando : )
ResponderEliminarMe alegra que te haya gustado, Sra. Norris. :) muak!
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