Una mañana cualquiera

Llego temprano a la oficina y Chiqui ya está fregando las escaleras y los portales del edificio. Haga un frío de morirse, viento, lluvia o calor, ahí está. Menuda, enjuta, morena, no se tiñe el pelo que ya encanece en muchas partes, de unos cuarenta y largos, con gafas, un ligero estrabismo. Siempre está de buen humor. No me gusta entrar a la oficina sin haber intercambiado unas palabras.

-¡Buenos días! Anda que... ¡menuda mañana nos ha salido!
- Calla, calla, que todavía me queda este portal y luego el otro de más allá.
- ¿Y ya acabas hoy?
- Sí ¡ojalá! Luego voy al hospital y a otras dos comunidades más que tengo.

Están los soportales llenos de cáscaras de pipas, envoltorios de golosinas, latas y colillas que han dejado unos zangolotinos que cada tarde se ponen a zascandilear por estos portales.

- Y mira cómo me tiene esto.
- Si es que estamos rodeados de desaprensivos, Chiqui. Los muchachos, que se ponen aquí por las tardes.
- No, si de lo malo malo, no me falta trabajo.
- Bueno, ya, pero esto no tendría que estar así. Bueno, Chiqui, voy a ver si pongo en marcha la maquinaria. Luego te veo si paras a tomar café.
- Venga, guapo.

Me llama así. Dice guapo porque no sé si sabe mi nombre, no porque sea yo ningún guapo, ni mucho menos.

Entro en la oficina. Enciendo los ordenadores. Pongo en marcha la calefacción. Subo las persianas. Entro un segundo al baño. Vuelvo y ocupo mi mesa. Ordeno mis papeles. Estoy prevenido del ladrido del teléfono. Empiezo a sumar o a restar cifras. Van abriendo el resto de oficinas cercanas. Por último, abre sus puertas a los clientes el súper de enfrente, que aunque hay gente trabajando dentro desde hace una hora, no abren hasta las diez. Chiqui ya habrá terminado el portal 23 y estará empezando el 25. Y yo me voy sumergiendo en el día, soñoliento y expectante.


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