Vivir como si nada
Ayer, un periodista al que sigo en twitter subió unas fotografías del drama que viven los sirios. Hice retuit. Todos los días suelo hacer un retuit a ese hombre. Como a los veinte minutos tuiteé algo que me pareció gracioso sobre Rajoy. Cinco minutos después retuiteé otra cosa graciosa que había dicho otro tuitero.
Pensé un minuto y deshice todos esos retuits. Dejé sólo el de la fotografía de los refugiados.
Esta montaña rusa emocional, de encogérsete el corazón unos minutos y al rato descojonarte de cualquier asunto, ¿es normal? No lo sé. No lo creo. No sé si será lo habitual, si a vosotras/os también os sucede lo mismo, si vosotros también os sentís como una puta mierda frívola y os entran ganas de haceros un ovillo y esperar el apocalipsis.
Quisiera, como cualquier persona normal, que el mundo fuese de otro modo. Quisiera volver a otro lugar y a otro tiempo en el que todavía pensaba que tenía poder para cambiar la realidad y cuando todavía creía que sería capaz hacer cualquier cosa en la vida. Ese lugar que ya no existe, con muchos que tampoco existen. Mi hermano, mi abuelo y yo sentados a la orilla de una charca de tencas, una mañana del mes julio de mil novecientos noventa. O en el noventa y dos, con mi padre y con Gabi Ripoll, ayudándoles a arreglar el motor del agua en la casetina de ladrillo visto que construimos al lado de la garganta. O unos años antes, agazapados Juanjo, Mario, Álvaro y yo, bajo los eucaliptos de la casona del peón caminero abandonada, lanzando mierdas de caballo secas a los coches que pasaban por la carretera de abajo. O cualquiera de esos días de verano que, a la hora de comer, escuchábamos el claxon del coche de mi padre que llegaba del trabajo y traía el maletero cargado de sandías gigantes, calabacines y tomates. Y volver al lugar en que era ignorante.
Pero hay que vivir consciente, aunque se haya puesto al rojo vivo. Hay vivir, vivir como si nada, como escribe León Felipe. Vivir. Que nada quede de mí, ni de lo que escribo. Si sale lluvia, calarme hasta los huesos. Si es calor, derretirme en el infierno. Si sale amor, dejar a la primavera con sus cosas. Porque otros y otras no van a tener tanta suerte esta noche.
Pensé un minuto y deshice todos esos retuits. Dejé sólo el de la fotografía de los refugiados.
Esta montaña rusa emocional, de encogérsete el corazón unos minutos y al rato descojonarte de cualquier asunto, ¿es normal? No lo sé. No lo creo. No sé si será lo habitual, si a vosotras/os también os sucede lo mismo, si vosotros también os sentís como una puta mierda frívola y os entran ganas de haceros un ovillo y esperar el apocalipsis.
Quisiera, como cualquier persona normal, que el mundo fuese de otro modo. Quisiera volver a otro lugar y a otro tiempo en el que todavía pensaba que tenía poder para cambiar la realidad y cuando todavía creía que sería capaz hacer cualquier cosa en la vida. Ese lugar que ya no existe, con muchos que tampoco existen. Mi hermano, mi abuelo y yo sentados a la orilla de una charca de tencas, una mañana del mes julio de mil novecientos noventa. O en el noventa y dos, con mi padre y con Gabi Ripoll, ayudándoles a arreglar el motor del agua en la casetina de ladrillo visto que construimos al lado de la garganta. O unos años antes, agazapados Juanjo, Mario, Álvaro y yo, bajo los eucaliptos de la casona del peón caminero abandonada, lanzando mierdas de caballo secas a los coches que pasaban por la carretera de abajo. O cualquiera de esos días de verano que, a la hora de comer, escuchábamos el claxon del coche de mi padre que llegaba del trabajo y traía el maletero cargado de sandías gigantes, calabacines y tomates. Y volver al lugar en que era ignorante.
Pero hay que vivir consciente, aunque se haya puesto al rojo vivo. Hay vivir, vivir como si nada, como escribe León Felipe. Vivir. Que nada quede de mí, ni de lo que escribo. Si sale lluvia, calarme hasta los huesos. Si es calor, derretirme en el infierno. Si sale amor, dejar a la primavera con sus cosas. Porque otros y otras no van a tener tanta suerte esta noche.

Esa montaña rusa emocional se llama vivir, y le pasa a todo el mundo. Si no pudiéramos reírnos del último meme en Twitter mientras tenemos presente los dramas del mundo, nos moriríamos de pena.
ResponderEliminarPuede ser. ¿Pero no te parece que pasamos a la velocidad de la luz sobre los asuntos y así es imposible centrarse? Quiero decir, que tal vez esta dispersión nos impide tomar conciencia y sobre todo actuar, que nos quita las ganas, que nos distrae y nos va haciendo más y más duros, o cínicos, o no sé... tal vez esté desvariando
Eliminar¡Mira, un perro con la cola rizada!
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