Las tres mil pesetas

Una vez, hace mucho, tenía unos diez años, iba de camino a la Academia de Inglés que había en mi pueblo. No estaba lejos de mi casa pues en un pequeño pueblo de la Extremadura de los ochenta, todo estaba cerca de todo. Creo que serían unos doscientos o trescientos metros a lo sumo.

Iba yo, decía, con tres mil pesetas en el bolsillo, tres billetes verdes con la cara de ese genio que fue Benito Pérez Galdós. Probablemente nunca había llevado más dinero encima. Esos tres billetes me los había dado mi madre para pagar la Academia de Inglés, que se llamaba Academia Esperanza.



Me encantaban las clases particulares de inglés porque la profesora había estado en Londres, era extravagante para lo que había en el pueblo, vestía como Cindy Lauper y Madonna, era súper joven y aunque siempre estaba yo pinchando con mis gracias y mis tonterías, ella era muy cariñosa conmigo. Guardo un buen recuerdo de ella, como guardo buen recuerdo de todas las personas que me han intentado enseñar alguna cosa pese a mi rebeldía a dejarme enseñar. Guardo muchos y gratos recuerdos de mi maestro Manolo Lebrato o del Hermano Amancio. Eran gente que, nunca he llegado a saber muy bien porqué, puesto que yo era un incordio, pero que me querían de verdad. Eso es algo que he constatado con los años y por cosas que me ha contado mi padre. En temas de política he tenido a dos "enseñantes", uno es un amigo al que hace años que no veo con el que estaba siempre en el instituto, el otro es Ángel, antiguo compañero mío de piso, persona a la que siempre he admirado y también amigo. A estos dos también se lo discutía todo. 

¿Por qué era un incordio en clases? Porque todo lo cuestionaba, no aguantaba muy bien eso de la autoridad, me gustaba hacer las cosas a mi modo, llevar la contraria, hacía caricaturas de ellos, los imitaba, hablaba sin parar con los compañeros... Así, las notas llegaban a casa con alguna observación: 'es un niño muy inquieto' 'se distrae con facilidad'... Afortunadamente las calificaciones eran buenas a pesar de todo.

Además de ser un incordio y divagar con suma facilidad, soy bastante despistado. Y en este punto retomo mi historia inicial, en la que un Javier de 10 añitos iba andando por esa calle cementada hasta la Academia Esperanza, antes de llegar a la Pastelería de Octavio, con mis tres mil pesetas en el bolsillo y la cabeza llena de ensoñaciones y fantasías.

Nada más llegar fui a pagar y a recoger el recibo que me extendía Esperanza, la dueña de la Academia que llevaba su nombre. Cuál fue mi sorpresa al ver que de las tres mil pesetas no quedaban ni rastro. Me palpé los bolsillos del pantalón de pana verde, les di la vuelta, miré por mi ropa, hasta dentro de los calzoncillos, en las botas, en los calcetines, desanduve el camino hasta mi casa. Ni rastro. El sudor frío ya perlaba mi frente, yo, sabedor de lo que me aguardaba. Subí los dos pisos hasta mi casa como si los pies me pesaran cinco toneladas. Tragué saliva. Abrí la puerta con cuidado.

-¿Cómo estás ya aquí? ¿No tenías clase?
-Es que...
-¿Qué ha pasado?
-Es que no encuentro el dinero que me has dado y...
-¿Cómo? ¿¿Que has perdido tres mil pesetas??
-No las encuentro...
-Pero ¿cómo es posible? ¿cómo puedes ser tan desastre, hijo mío?


Ahí me estrené a lo grande. No fue poco lo que lloré, ni pocas las veces que recorrí el camino buscando el dinero sin ningún éxito. Luego mi madre me contó una historia parecida que le ocurrió a ella cuando estaba en el instituto. Por lo visto tiró el dinero del pago de la matrícula por la ventanilla del autobús dentro de un paquete de Ducados en el que lo guardaba. Con consecuencias similares.

Aquello nunca he podido olvidarlo. ¿ Dónde puse el dinero? Nunca lo sabré. ¿Quién se lo quedó? Alguno con más fortuna que yo, eso seguro.


Mis padres me perdonaron, como me perdonaron otras muchas veces en la vida. Debe ser el sino de un buen padre estar constantemente perdonando a sus hijos. A mí me habría encantado darles más alegrías que disgustos, pero bueno, salió la cosa regular. Los padres, que te quieren y te aceptan, que se sienten orgullosos de ti aunque tú tengas tus momentos de bajón, que te perdonan una y mil veces, que intentan que salgas adelante como sea. Yo, que me hacía el duro cuando ellos se marchaban dejándome en el internado, como si me importase un pito, poniéndome rápido a jugar al futbolín con los otros compañeros. Los intentos desesperados que hace uno a veces por no dejarse derribar por esa tristeza más grande que uno mismo. Esas cosas que recuerdas, como aquella vez que pasó el cometa Halley y mi padre y yo nos quedamos viéndolo desde el balcón de nuestra casa y él me dijo "cuando vuelva a pasar tú lo verás, pero yo no" Y entonces, por un momento, lo entiendes todo y no entiendes nada.

Comentarios

Entradas populares de este blog

"El día que estés muerto sabrás cuánto te quieren"

Nuka

El Apartamento